Lo incómodo también es el camino
- Valeria Cardenas
- 20 abr
- 1 min de lectura
Vivimos en la era de la experiencia optimizada. Las aplicaciones aprenden nuestros gustos, los algoritmos eliminan la fricción, y la cultura entera parece diseñada para que nunca tengamos que esperar, dudar, ni sentir demasiado. En ese contexto, no es casual que cada vez cueste más tolerar lo que simplemente duele.

La incomodidad emocional no es nueva. Lo que sí es nuevo es el nivel de recursos que existen para evitarla. Y paradójicamente, cuanto más se huye de ella, menos se sabe qué hacer cuando aparece, y siempre aparece.
Poner límites implica decepcionar, perder, soltar. Crecer también. Y en una cultura que vende el desarrollo personal como algo luminoso y ascendente, esa parte raramente aparece en el catálogo.
También hay una trampa más sofisticada: la espiritualidad como escudo. Ciertos lenguajes del bienestar, llenos de conceptos como vibración, coherencia o consciencia expandida, pueden convertirse en otra forma de no sentir.
De intelectualizar la emoción en lugar de atravesarla. De juzgar el dolor propio o ajeno como señal de “baja vibración”, en vez de reconocerlo como parte inevitable de ser humano.
Y es justamente ahí donde vale detenerse. La pregunta no es cómo evitar lo incómodo, sino si se puede aprender a habitarlo sin colapsar. Esa tolerancia, esa capacidad de estar con lo que duele sin huir ni dramatizar, es quizás una de las habilidades más subvaloradas de esta época.
Los límites, al final, no son un acto de dureza. Son un acto de coherencia. Con lo que se siente, con lo que se necesita, con lo que se es.




Comentarios