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El problema no es el miedo. Es lo que haces para no sentirlo.

  • Valeria Cardenas
  • 8 abr
  • 3 min de lectura

Hay algo curioso en cómo hablamos del miedo hoy.


Se repite, casi como una frase aprendida, que el amor es más grande que el miedo. Que hay que elegir desde el amor. Que hay que soltar lo que nos contrae.


Suena bien. Es limpio. Es compartible. Pero también es cómodo.



Porque evita entrar en la experiencia real del miedo. Y el miedo, cuando aparece, no es una idea. Es cuerpo.


Se siente en la respiración que se acorta, en el pecho que se aprieta, en las manos que sudan, en la tensión que recorre sin pedir permiso. No es un concepto que puedas analizar desde lejos. Es una vivencia que te atraviesa.


Por eso, quizás, el problema no es que tengamos miedo. El problema es que cada vez somos más eficientes en no sentirlo.


Vivimos en una época que nos permite escapar con facilidad. No solo por la tecnología, sino por todo lo que la rodea: contenido constante, explicaciones inmediatas, discursos que alivian rápido. Siempre hay algo que anestesia, que traduce, que suaviza.


Y así, sin darnos cuenta, dejamos de entrenar algo básico: la capacidad de sostener incomodidad.


Se habla mucho de la “zona de confort”, como si fuera un lugar donde todo es fácil. Pero tal vez no es eso. Tal vez es un espacio donde evitamos con éxito aquello que nos incomoda sentir.


No es comodidad.

Es evasión bien ejecutada.


Porque hacer (de verdad hacer) no es solo tomar acción. Es exponerse.


Exponerse a no saber, a equivocarse, a no controlar, a ser visto en proceso. Y eso activa algo mucho más profundo que la simple pereza o falta de disciplina.


Activa miedo.


Entonces no es extraño que, en un mundo que valora la rapidez, la eficiencia y la fluidez, empecemos a rechazar todo lo que no se siente así. Nos acostumbramos a lo inmediato, a lo que responde rápido, a lo que no fricciona.


Y en ese acostumbramiento, algo se pierde.


Se pierde la tolerancia al proceso.

Se pierde el músculo de la espera.

Se pierde la capacidad de atravesar lo incómodo sin salir corriendo.


Por eso, muchas veces, no es que no sepamos qué hacer. Es que no queremos sentir lo que implica hacerlo.


Y ahí es donde la conversación cambia.


Porque entonces el miedo deja de ser el obstáculo y pasa a ser una señal. Una señal de que hay algo en juego. Algo que importa lo suficiente como para movernos internamente.


El problema es que hemos aprendido a interpretar esa señal como “retrocede”, en lugar de “aquí hay algo que mirar”.


Y en ese error de lectura, empezamos a construir una vida cada vez más segura… pero también más limitada.


El costo no siempre es evidente al principio.

No se trata solo de no avanzar.


Es más silencioso que eso.


Es empezar a desconfiar de uno mismo.

Es necesitar cada vez más validación externa.

Es perder la capacidad de sostenerse cuando algo no se siente bien.


Y, con el tiempo, eso debilita.


No desde afuera, donde todo puede parecer en orden, sino desde adentro, donde cada vez hay menos espacio para lo real.


Salir de ahí no es romántico.

No es armónico.

No siempre “fluye”.


Pero devuelve algo que es difícil de reemplazar: la autoridad interna.


Esa que no depende de que todo esté claro, ni de que todo se sienta cómodo, ni de que el resultado esté asegurado.


Esa que aparece cuando, incluso con miedo, decides avanzar.


Tal vez no se trata de eliminar el miedo.

Tal vez se trata de dejar de escapar de él.


Porque el miedo no está frenando a la mayoría.


Lo que frena es no saber sostenerlo.

 
 
 

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