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Cuando ayudar a todos es una forma de no mirar tu propia fragilidad

  • Valeria Cardenas
  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura

En una cultura que aplaude la autosuficiencia, pedir ayuda todavía se siente como fallar.


Durante años se instaló una idea silenciosa: si necesitas apoyo, es porque algo en ti no está bien. Ir a terapia, hablar de lo que duele, no poder solo… era leído como debilidad. Y aunque eso ha empezado a cambiar, el discurso interno sigue siendo el mismo: yo puedo, yo me hago cargo, yo no necesito a nadie.


Lo que no siempre vemos es el costo.


Porque esa fuerza, muchas veces, no es libertad. Es defensa.



Personas que están siempre disponibles, que sostienen a otros, que resuelven, que cargan… no necesariamente lo hacen desde el amor. A veces lo hacen desde el miedo: miedo al rechazo, al abandono, a no ser suficientes si dejan de ser útiles.


Ahí aparece el arquetipo del salvador.


Y ojo con esto, porque se romantiza. Se ve noble. Se ve fuerte. Pero en el fondo, muchas veces es una forma de no permitirse necesitar.


El problema es que la vida no negocia con eso.


Llega un punto (y esto se ve con brutal claridad en los finales de ciclo) en que ya no puedes sostener más. El cuerpo se detiene. Aparecen enfermedades. La energía se cae. Y lo que evitaste durante años se vuelve inevitable: recibir.


No porque quieras. Porque no te queda otra.


Y ahí la pregunta ya no es espiritual, es incómoda: ¿por qué tuvimos que llegar a ese extremo para permitirnos algo tan básico como ser sostenidos?


Hay una imagen que lo muestra con crudeza.


Cuando Jesús carga la cruz, hay un momento en que ya no puede más. El cuerpo no da. La fuerza no alcanza. Y aparece Simón de Cirene para ayudarlo a cargarla.


No fue un acto romántico. No fue voluntario. Fue necesario.


Incluso en ese relato, tan cargado de simbolismo sobre fortaleza, sacrificio y propósito, hay un límite. Hay un momento donde cargar solo deja de ser virtud y pasa a ser agotamiento.


Y aun así, nos seguimos aferrando a la idea de que deberíamos poder con todo.


Tal vez el problema no es la cruz.


Es la obsesión de querer cargarla solos.


Porque sí, hay procesos que nos corresponden. Hay dolores que son propios. Pero eso no significa que tengamos que transitarlos en aislamiento.


Aprender a pedir ayuda no es rendirse.


Es dejar de sostener una identidad que se construyó desde la exigencia.


Es aceptar que el dar y recibir no es una debilidad emocional, es una dinámica humana básica.


Y si queremos llevar esto a un lugar más honesto, podríamos decir que recibir también incomoda porque nos expone.


Nos muestra que no somos tan autosuficiente como creíamos.

Nos enfrenta con nuestra fragilidad.

Nos obliga a confiar.


Y eso, para alguien acostumbrado a sostener, es muchísimo más difícil que seguir cargando.


Pero tarde o temprano, la vida igual nos va a llevar ahí.


La diferencia es si eliges llegar consciente…

o si necesitas que te quiebre primero.

 
 
 

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Invitado
hace un día

Al pasar la edad, con hechos muy dolorosos te das cuenta que has estado siempre al servicio de los demás, por aprobación, porque tú autoestima está tan bajo que necesitas ser útil, luego renaces y comienzas a amarte... ❤️

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