top of page

La muerte del ego no es lo que nos enseñaron

  • Valeria Cardenas
  • 24 abr
  • 2 min de lectura

Hay algo que nadie dice en los libros de espiritualidad: entender no es suficiente.


Se puede pasar horas estudiando el Tao, Un Curso en Milagros, la filosofía del soltar. Se puede comprender, en el plano intelectual, que cada persona que aparece en la vida no es más que un espejo. Que lo que genera miedo afuera es una proyección de lo que todavía no se ha mirado adentro. Que somos, en esencia, conciencia. Amor. Expansión.

Y aun así, llega el momento.


Una conversación. Una situación laboral. Una pareja. Un familiar. Y todo lo comprendido desaparece, se nos olvida. Porque en ese instante vuelve el control, la reacción, la narrativa del miedo. Vuelve el ego, puntual, como si nunca se hubiera ido.


¿Por qué?


Porque el ego no opera en el plano del entendimiento. Opera en el cuerpo. En el instante anterior al pensamiento. En el lugar donde la filosofía todavía no llega.


Y quizás ahí, exactamente ahí, es donde más se aprende. No desde la perfección ni desde la culpa, sino desde la compasión de reconocer que caer también es parte del camino.

Esto no es falta de información. Es que la información sola no transforma nada.


El despertar de conciencia del que hablan todas las tradiciones, desde el budismo hasta UCDM, no es un estado que se alcanza leyendo. Es un músculo que se entrena en el momento exacto en que todo duele, en que todo incomoda, en que el ego grita más fuerte.


La pregunta no es si vamos a caer. Vamos a caer. La pregunta es qué hacemos en ese momento.

Hay tres movimientos que, con el tiempo, cambian la raíz:


  1. El primero es darse cuenta. No después, no en la reflexión del día siguiente. En el momento. Y no es tan simple como suena: notar que algo se activó, que hay una contracción, una defensa, una narrativa que ya empezó a construirse sola, requiere una presencia que cuesta cultivar.


  2. El segundo es cuestionarlo. No desde la culpa, no desde el "debería estar más evolucionada". Desde la curiosidad genuina. ¿Qué está protegiendo este miedo? ¿Qué creencia antigua está hablando aquí?


  3. El tercero es observar dónde se activa. Porque no es igual en todos los espacios. Hay quienes el ego los visita en el trabajo. Otros en la pareja. Otros en la familia. Cada área es una puerta distinta hacia lo mismo: lo que todavía se está aprendiendo a integrar.


Esto no es lineal. No es una lista que se completa. Es un proceso que se repite, en distintas capas, durante toda la vida. El despertar no es un destino. Es aprender a ver.


Ver al ego cuando aparece, sin dramatizarlo ni negarlo. Entender que cada persona que genera incomodidad está cumpliendo una función: mostrar lo que todavía vive adentro esperando ser mirado.


La invitación no es matar al ego, aunque la verdad me encantaría.

Es aprenderlo a sostener con una mirada diferente. La del que observa en lugar del que reacciona. La del que recuerda, aunque sea por un segundo, que debajo del miedo siempre hay algo que nunca dejó de ser amor.


Y cuando el ego aparezca de nuevo, porque va a aparecer, quizás ya puedas mirarlo diferente.

No con drama.

Con claridad.


Darse cuenta es el primer milagro. Todo lo demás viene después.

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page