La incomodidad de sentirse vulnerable
- Valeria Cardenas
- 28 mar
- 2 Min. de lectura
Hay momentos en que el cuerpo deja de obedecer. Y no avisa con elegancia. Irrumpe. Interrumpe. Te baja el ritmo sin preguntarte si puedes.

Y ahí aparece algo que incomoda más que el síntoma: la sensación de fragilidad.
Porque no es solo estar enferma. Es no poder sostener la imagen de ti misma como alguien activa, resolutiva, en control. Es darte cuenta de que, por más que hagas “todo bien”, igual hay algo que no depende de ti.
Y eso (aunque no se diga) descoloca.
Siento que vivimos en una época obsesionada con corregirse. Todo parece tener solución: la alimentación perfecta, el protocolo correcto, el suplemento indicado, la rutina ideal. Si te inflamas, algo hiciste mal. Si te enfermas, algo no estás viendo. Si no mejoras, te falta información.
Pero la verdad es más incómoda: a veces no falta información. Sobra.
Sobra ruido. Sobran recomendaciones. Sobran certezas ajenas.
Y en medio de eso, aparece la pregunta que desgasta: ¿lo estoy haciendo bien o lo estoy haciendo mal?
Ahí es donde muchas veces empieza el desgaste real. No en el cuerpo, sino en la mente intentando ordenar un sistema que es, por naturaleza, incierto.
Porque no, no todo se resuelve afinando la dieta o cambiando hábitos. Y sí, hay procesos que no se desbloquean en una meditación ni en una semana de disciplina.
A veces el cuerpo no está pidiendo que lo optimices. Está pidiendo que lo escuches… pero no desde la técnica, sino desde la tolerancia.
Y eso es mucho más difícil.
Porque escuchar de verdad no es agradable.
No es sentarse en calma con música suave y “conectar”.
Es sostener el malestar sin entenderlo del todo.
Es atravesar días donde no hay claridad.
Es darte cuenta de que el proceso no tiene tiempos eficientes.
Y eso desespera.
También incomoda otra cosa: vivir en contradicción. Querer cuidarte en un entorno que constantemente te empuja a lo contrario.
Saber lo que te hace bien… y aun así sentir la tentación de lo inmediato, lo rico, lo fácil.
No es solo falta de voluntad. Es humano.
Y después está la pausa obligada.
Esa que nadie elige, pero que llega igual.
Cuando el cuerpo baja, todo lo demás queda en evidencia: la velocidad en la que vivías, la necesidad de hacer, el ruido constante. Y de pronto te ves ahí, sin poder sostener ese ritmo… contigo.
Y eso también incomoda.
Porque no siempre sabemos habitarnos sin distracción. Porque parar no es lo mismo que estar en paz. Porque muchas veces, cuando se apaga el ruido, aparece lo que venías evitando.
Entonces sí, es incómodo sentirse vulnerable.
Es incómodo no poder controlar.
Es incómodo no tener respuestas claras.
Pero también (aunque cueste verlo en el momento) hay algo ahí que ordena.
No desde la solución rápida, sino desde una especie de reencuentro más honesto.
No con la versión de ti que todo lo puede,
sino con la que también se cansa, se frustra, duda.
Y quizás el punto no es dejar de sentir esa incomodidad.
Sino dejar de pelear con ella como si fuera un error.




Comentarios