Cuando los ciclos se cierran: lo que Urano en Tauro puede enseñarnos sobre los cambios de vida
- Valeria Cardenas
- 15 mar
- 3 Min. de lectura
En tiempos donde todo se mueve rápido (la información, las decisiones, las expectativas) el autoconocimiento se vuelve casi un acto de resistencia. Hacer una pausa para observar lo que vivimos, entender nuestros procesos y preguntarnos hacia dónde vamos, no siempre es fácil. Pero sí profundamente necesario.

En ese contexto, la astrología ha vuelto a aparecer para muchas personas no como un sistema de predicción, sino como una herramienta de reflexión.
Me llama particularmente la atención cómo en distintos países (por ejemplo en Francia) la astrología ha comenzado a ser utilizada cada vez más como una forma de comprender procesos personales. No desde la idea de controlar el destino, sino desde algo mucho más simple y profundo: entender los ciclos de cambio que atravesamos como individuos y como sociedad.
Uno de esos ciclos está llegando a su fin.
Se trata del tránsito de Urano en Tauro, que comenzó en 2018 y termina en abril de 2026, cuando el planeta ingrese a Géminis.
Urano, en astrología, es conocido como el planeta de los cambios abruptos. De esos movimientos inesperados que sacuden lo que parecía estable. Cuando Urano entra en contacto con ciertos ámbitos de la vida, lo que ocurre muchas veces es una especie de despertar incómodo: aquello que parecía seguro comienza a transformarse.
Tauro, por su parte, está asociado a la estabilidad, la seguridad material, el trabajo y la relación con los recursos.
Cuando estas dos energías se encuentran, la pregunta que aparece suele ser directa:
¿Qué parte de tu vida que parecía estable necesita cambiar?
Muchas personas han experimentado este tránsito como un antes y un después. Especialmente quienes tienen signos fijos fuertes en su carta (Tauro, Leo, Escorpio o Acuario), aunque en realidad todos, de una u otra forma, hemos vivido transformaciones en estos años.
Lo interesante es que muchas veces solo logramos verlo con claridad cuando miramos hacia atrás.
En mi caso, al revisar qué estaba pasando en mi vida en 2018, apareció algo evidente: ese fue el año en que presenté mi primera renuncia a una empresa para intentar trabajar de forma independiente.
No fue una decisión lineal ni heroica. Fue más bien un proceso lleno de dudas. Incluso recuerdo que fue una renuncia “con chicle”, como decimos en Chile: un intento que todavía tenía miedo de soltarse completamente.
En ese momento tuve la suerte de tener una jefa que me dijo algo que todavía agradezco: que no lo hiciera de golpe, que me diera tiempo para prepararme.
Me tomé un año para ordenar la transición. Pero finalmente, a fines de 2018, renuncié.
Poco después dejé todo y me fui al sur de Chile.
Fue un cambio abrupto. No conocía a nadie, no tenía un plan claro y además ese mismo año había vivido una pérdida importante en mi vida. Esa mezcla de duelo, búsqueda y necesidad de sentido me llevó a hacer una pregunta que muchas personas se hacen en algún momento:
¿Estoy en el lugar donde realmente quiero estar?
Los años que siguieron no fueron necesariamente estables.
Hubo momentos de mucha incomodidad. Para generar ingresos tuve que reinventarme más de una vez: buscar clientes, trabajar en una tienda, manejar Uber, hacer lo que fuera necesario para sostenerme mientras intentaba construir algo propio.
Después vino la pandemia. El proyecto de vida en el sur se rompió y tuve que volver.
Mirándolo desde afuera podría parecer una historia de inestabilidad y la verdad es que muchas veces me sentí fracasada. Pero con el tiempo empecé a verlo de otra manera: como un proceso de reconfiguración.
Porque lo interesante es esto.
En 2018 también había creado una empresa… que nunca activé. Quedó ahí, guardada en pausa durante años.
Y sin saber nada de astrología en ese momento, recién ahora (cuando el tránsito de Urano en Tauro está terminando) finalmente formalicé mi empresa y comencé a operar profesionalmente con ella.
Es curioso cómo los ciclos, a veces, se entienden solo cuando están cerrando.
El próximo capítulo astrológico será Urano en Géminis, un tránsito que probablemente traerá cambios fuertes en el ámbito de la tecnología, la comunicación y la forma en que intercambiamos información. Todo apunta a que veremos aceleraciones importantes en inteligencia artificial, medios digitales y nuevas formas de pensamiento.
Pero más allá de las interpretaciones astrológicas, lo que realmente me interesa de estas herramientas es otra cosa.
La astrología no está para controlar el destino. Ni para predecir cada evento de nuestra vida.
Sirve para algo más simple: para observar los procesos que vivimos con un poco más de conciencia.
Cuando miramos los ciclos con perspectiva, muchas veces aparece una sensación distinta frente a lo vivido. Incluso frente a los momentos difíciles.
Porque empezamos a ver que los cambios (aunque incómodos) también abren caminos.
Y quizás ahí está el verdadero valor del autoconocimiento: no en saber exactamente hacia dónde vamos, sino en comprender mejor cómo nos estamos transformando en el camino.




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